La vida es un puñado de escombros que llamamos recuerdos. Huelo el perfume de Iris en el aire de la mañana y me convenzo. Asiento como quien acepta su condena. Sé que soy culpable. Mi estigma ha sido y sigue siendo el recuerdo impuro y perfecto de quien habla dormido y al despertar escribe un nuevo sueño.
Insisto en los escombros y mi voz se hace niño que despide con su manito a su madre y la ve partir al trabajo diario, sólo que esta vez no regresa y un par de policías en la puerta insisten en hablar con un adulto y llamo a mi abuelo. No tengo padre. Nunca lo tuve. Y ahora la manito que despidió a mami escribe huérfana estas líneas.
Alguien grita ¡parada! y, entre empujones, un impulso inexplicable me hace descender también.
Ahora camino y mis pasos juegan a no pisar línea. Siento que de verte, te vería distinta.
Como un rompecabezas, he estado armando nuestras charlas, colocando las piezas tan antojadizamente, que sólo recuerdo de ellas la primera, tu blusa sin cuello y demasiados botones.
“Capicúa” digo antes de tirar el boleto y me siento afortunado. Miro hacia abajo, he pisado línea. Tu voz burlona repitiendo “perdiste” y, parado en medio de un centenar de ojos indiferentes, sigo: ya estoy cansado de estos juegos infantiles.
…
Tu ojos tienen el legado de aquella tarde. Hubiera jurado que te reirías, sin embargo tu saludo fue como un cachetazo al pasado y, repito: tu blusa tenía demasiados botones.

